Nicaragua y Venezuela: populismos en punto crítico – Enrique Villarreal Ramos

Nicaragua y Venezuela: populismos en punto crítico – Enrique Villarreal Ramos

 

En América Latina crece el repudio a los regímenes populistas, tanto por su bancarrota manifiesta, de forma dramática en Nicaragua y Venezuela, como por el justificado pánico a que las traumáticas experiencias se repliquen en otras naciones, donde demagogos aprovechen la crisis política para llegar al poder. Estos falsos profetas engañan a gente predispuesta a las salidas mesiánicas, sin ver que sus supuestos remedios son peores que la enfermedad, al agravar las causas que los hicieron ganar elecciones: la corrupción, la inseguridad, la impunidad, la pobreza, el caos económico, la dependencia externa, el autoritarismo y la represión. Sólo después del desastre, la farsa populista queda desacreditada, pero cuando el caudillo ya es un dictador que usa la fuerza para aferrarse al poder.

 

Así, en Nicaragua, la revolución sandinista generó simpatía internacional por derrocar a la odiada dinastía de los Somoza (1934-79) y despertó muchas expectativas de un modelo alternativo a la Cuba socialista, ya que la democracia era un clamor histórico. Después del proceso democratizador de los noventa, en 2006, Daniel Ortega (líder de la revolución y su primer presidente) retornó al poder, pese a que era acusado de apropiarse del partido sandinista, de enriquecimiento ilícito, genocidio de miskitos y hasta de violar a una hijastra. En este nuevo mandato, Ortega dio los primeros pasos para una regresión autoritaria y populista (entonces subsidiado por Chávez), que le permitió la reelección anticonstitucional en 2011, reformar la Carta Magna para establecer la reelección indefinida, y en 2016 realizar un fraude electoral para un tercer periodo consecutivo, ahora con su esposa Rosario Murillo en la vicepresidencia, para implantar una nueva dinastía. Sin embargo, las recientes multitudinarias protestas (que llevan medio centenar de estudiantes muertos) revelan el creciente clamor por un diálogo nacional (gobierno, Iglesia, empresarios, movimiento estudiantil, entre otros) que busque una reforma electoral, comicios anticipados (la salida de Ortega), el restablecimiento de la independencia de los poderes del Estado y de la democracia.

 

La pesadilla venezolana cada vez es más aterradora e insoportable, entra a un punto crítico. Maduro llegó al poder en 2013, producto de un fraude electoral, y ha impuesto una dictadura totalitaria, estatista y populista (y que ahora pretende sea socialista castrista), que ha provocado la peor catástrofe de su historia: hiperinflación que llegará este año a 14 mil por ciento; desabasto y hambruna generalizadas; el salario mínimo sólo alcanza para comprar dos latas de atún; la producción petrolera, en picada; 5 000 asesinados por las fuerzas de seguridad; Caracas es la segunda ciudad más violenta del mundo; cerca de dos millones de exiliados… En este contexto, Maduro sólo podía reelegirse el pasado domingo a través de un proceso totalmente fraudulento, denunciado de origen, tanto por la oposición como por la comunidad internacional. Luego de consumado el fraude, Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y el Grupo de Lima (integrado por 14 naciones, entre ellas México), desconocieron los resultados electorales, y anunciaron nuevas sanciones, que deberán radicalizarse para que sean realmente efectivas.

 

Aquí en México el culto a la personalidad, intolerancia, polarización y demagogia populista de AMLO, y el fanatismo de sus seguidores, son alertas del riesgo de un “chavismo a la mexicana”, y en ese sentido, no es casual que aquel se niegue a condenar a Maduro, ya que desde ahora es su aliado.

 

Entretelones. AMLO fue el gran derrotado del segundo debate.

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