La cruda realidad – Francisco Guerrero Aguirre

La cruda realidad – Francisco Guerrero Aguirre

“Prometer no empobrece, dar es lo que aniquila”. La gente sabe, de antemano, que las ofertas desorbitadas son parte de las campañas. Aunque los ciudadanos intuyen que los políticos exageran en sus planteamientos, muchos votantes son permisivos e indulgentes con su candidato favorito, producto de su desesperación con una realidad que los oprime o por el tamaño de sus ilusiones por un futuro mejor.

En América Latina, la experiencia nos ha demostrado que el “voto racional”, construido con base en un análisis frío y objetivo que pondere los atributos personales, la preparación académica y la capacidad profesional, es una quimera que pocas veces se materializa en los procesos electorales.

En la época de las redes sociales, los hashtags y los trending topics, los ciudadanos deciden su voto basándose más en los atributos personales y la fama pública que en la viabilidad de las propuestas.

En todas las mediciones internacionales sobre la satisfacción y aprecio de la democracia, la tendencia es la misma: La realización de elecciones sigue siendo apoyada como mecanismo de disputa del poder, pero, al mismo tiempo, la gente no confía en la clase política y se desilusiona muy rápido de sus nuevos gobernantes.

El “periodo de gracia” que se otorga a los líderes emergentes se hace cada vez más efímero. Los gobernantes, electos al calor de ilusiones y promesas, enfrentan la “cruda realidad” de recursos insuficientes e inversionistas fríos y desalmados, que no tolera periodos de aprendizaje ni perdona las decisiones impopulares y dolorosas que todos los servidores públicos, nuevos y viejos, se ven obligados a tomar.

La desilusión se extiende cuando las promesas de transformación se dilatan en llegar, dando paso al pesimismo general. Así, se derrumba la credibilidad del cambio democrático, cuando a pesar de las buenas intenciones, es casi imposible cumplir con promesas de campaña, siempre aderezadas de buenas dosis de demagogia, necesarias para convencer a votantes cada vez más decepcionados.

Los candidatos no realizan propuestas realistas y tienden a prometer “castillos de aire”, con el propósito de obtener votos fáciles, que se multiplican ante la corrupción reinante y la ineficacia de los gobiernos precedentes. Actuar con realismo, diciéndole la “cruda verdad” a los electores, se transforma en un ejercicio suicida, al que ningún político en sus cabales quiere acercarse.

Al tiempo, los nuevos gobernantes enfrentan retos formidables que no pueden resolverse sólo con retórica, integridad personal o buenas intenciones. Desde el creciente déficit fiscal, pasando por la desconfianza de los inversionistas y las calificadoras internacionales, hasta el crecimiento del proteccionismo o las inminentes guerras comerciales, quien llega al poder se ve obligado a aplicar las recetas del pragmatismo que tanto criticó desde la plaza pública.

La “cruda realidad” termina por imponerse, mostrando toda la fealdad de un hecho incontrovertible: Los recursos fiscales de los que dispone el gobierno son claramente insuficientes ante el tamaño de las demandas sociales. En sociedades polarizadas y con clases medias pauperizadas, no hay dinero que alcance.

La solución de nuevas fórmulas fiscales que redistribuyan la carga, ni siquiera se considera, ante el sufrimiento que eso significa entre los más pobres y los costos electorales que ello significa. Nadie quiere perder la elección siguiente por ser responsable.

Tanto los gobiernos entrantes como los salientes conocen los contornos de la “cruda realidad”, sabedores que un error grave, en la delicada coyuntura en la que la región se encuentra, puede tener consecuencias catastróficas.

Balance. Crecimos creyendo que el “círculo virtuoso” de representación política que se origina en el sufragio sería suficiente para afrontar los retos del mañana. La “amarga verdad” es que más democracia no resuelve los problemas, si esto no se acompaña de una actitud responsable por parte de todos los actores políticos.

La “cruda realidad” nos ha enseñado que si bien siempre se necesitan cambios para transformar lo que ya no funciona, dichas transformaciones no suceden de la noche a la mañana y que el voluntarismo de quienes llegan con ofertas renovadas es claramente insuficiente en un mundo “amarrado” a problemas añejos y estructurales. Así son los tiempos que nos tocan vivir.

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